Que no se te olvide vivir

Desde hace más tiempo del que puedo recordar, he tenido la sensación de tener que correr para llegar a tiempo. Aún me parece escuchar la voz de mi madre apremiándome en el desayuno para no llegar tarde a escuela, a la profesora por que terminara a tiempo un ejercicio, o al cruzar la calle para que el semáforo no se pusiera en rojo.

Cuando pasé a ser madre, el tema se complicó, a “mis prisas” se añadieron las de los compromisos de mis hijos… por la mañana el autocar para llevarlos al colegio no esperaba ni un minuto, si por la tarde llegaba tarde a recogerles se perdían media clase de natación.

Así transcurriría mi vida, siempre corriendo, entre mis quehaceres familiares y mi trabajo…hasta que, con el tiempo y como colofón de mi carrera profesional,
acabé trabajando en una prestigiosa multinacional como “Sales Àrea  Manager”, algo así como una ejecutiva de ventas, de una amplia zona de nuestra madre patria, la que acabe conociendo palmo a palmo.

Empecé a viajar, tal como se esperaba de mi flamante trabajo, dando más vueltas de las que puede dar un ventilador en Agosto, disfrutando de maravillosos paisajes, saboreando deliciosos manjares, conociendo gente estupenda, distintos modos de vivir y trabajar, conociendo hasta el más mínimo detalle la decoración de cada una de las habitaciones de los hoteles que solía frecuentar en mis desplazamientos.

Informes en todas sus variantes: diarios, semanales, mensuales, de zona, de ventas, de visitas… previsiones, presupuestos, liquidaciones. Reuniones: de zona, de equipo de formación, con clientes importantes. Congresos: regionales, nacionales, presentaciones de producto, asistencia a facultades y un largo etc etc , invadieron mi vida hasta el punto de ni tan siquiera tener tiempo para dedicarle a mi familia, mi bien más preciado y la que había sido la base de mi fortaleza durante tantos años, mis raíces.

La relación con mis hijos empezó a resentirse seriamente, mis amistades dejaron de contar conmigo, limitándose la relación a alguna que otra llamada telefónica que yo recibía con agrado y cierta añoranza y que inmediatamente era substituida por alguna otra llamada de apremio, de urgencia, o propuesta de actividad diversa.

Llegaba el fin de semana, parte del cual dedicaba a poner al día el trabajo burocrático realizado durante la semana y a preparar la siguiente. Realizando un esfuerzo supremo durante el resto del tiempo, para “estar presente”en la familia y recargar alguna que otra fuerza para empezar de nuevo el lunes.

Al cabo de un tiempo, mi vida era mi trabajo, las conversaciones con los amigos y con mi familia, volvían siempre a los mismos temas laborales.

Empecé a observar que me costaba conciliar el sueño, que me despertaba por las mañanas con sensación de cansancio y con las mandíbulas agarrotadas, desgastando mis dientes de tanto apretar; que inexplicablemente olvidaba citas importantes si no las tenía anotadas en mi agenda, cuando yo siempre había tenido una gran memoria. Mis hombros estaban cada vez más tensos, contracturados, según me diría la masajista más adelante, a lo que le siguieron problemas en las cervicales y no pocas lumbalgias que iba sobrellevando a base de fármacos y de una gran fuerza de voluntad. Incluso mi respiración, que siempre había sido tranquila y regular, empezó a alterarse y las palpitaciones pasaron a ser mis compañeras de viaje.

Mi habla, hasta entonces pausada y rítmica, me traicionaba en ocasiones, mientras me encontraba explicando algún producto o sistema de trabajo, me sorprendía tartamudeando, sin que aparentemente hubiese ninguna causa que aportase tensión. Mi tono de voz, mucho más agudo de lo habitual, me alejaba mucho de aquella imagen de mujer suave,centrada y equilibrada, que mi gente cercana tenía de mí.

Tardé algunos años en darme cuenta de lo que sucedía, tan inmersa como estaba en mis quehaceres, ni tan siquiera tenía tiempo de plantearme nada. Mi vida era así y “punto”. Hasta que un buen día “mis síntomas” hablaron un lenguaje más claro: crisis de llanto inconsolable e incontrolable me abordaban en cualquier momento del día y sin venir a cuento.
Recuerdo la primera, al despertarme en un Hotel de Zaragoza donde me había desplazado por trabajo, por enésima vez en ese año, mirando las cortinas, intentado recordar dónde estaba, “dónde me había despertado hoy”, a eso le siguieron algunas crisis de ansiedad, aquello que mi abuela llamaba “perder los nervios”, hasta que no me quedó otra que tomar cuenta de mi salud.

Poco tiempo después, cuando mis obligaciones laborales me lo permitieron, acudí a un terapeuta, quién sólo con escucharme cinco minutos, sumida de nuevo en una llantina incontrolable, no lo dudó ni un segundo y me diagnosticó aquello a lo que más temía: estrés. Diagnóstico, que luego supe muy extendido entre mis colegas de trabajo. Lo grave era que parecía que ello daba incluso una cierta imagen de “éxito”: si estabas bajo los efectos del estrés, era porqué de algún modo trabajabas mucho y tus superiores estaban contentos por ello.

Me di cuenta de hasta qué punto, la mayoría vivían pendientes de una pastillita para dormir, de otra para compensar la ansiedad, y alguno que otro casi adicto a sustancias para compensar algunas disfunciones sexuales.

Fue entonces cuando decidí investigar, como podía equilibrar esa balanza que para mí, en ese momento estaba totalmente descompensada. Aprendí que el estrés, en dosis adecuadas, es una gran ayuda para poder realizar con holgura nuestra intensa actividad diaria, pero que cuando nos pasamos de la raya, se vuelve en nuestra contra.

Mi cuerpo, sabio por naturaleza, me daba señales de que algo no estaba funcionando, al no prestarle demasiada atención no le quedó otra que “hablarme a gritos” para que le tomase en cuenta. Nadie me había enseñadoa escuchar mi cuerpo. Si engordaba me sometía a dietas draconianas para perder esos quilos de más, regresando a mis hábitos habitualesuna vez terminada la dieta. Si no descansaba de noche, encontraba 5 minutos durante el día para dormir, aunque fuera en el coche, debajo de un árbol en verano, para no asarme… si mi vida familiar no funcionaba, lo compensaba haciéndoles caros regalos, que gracias a mi “prestigioso” trabajo me podía costear.

Aprendí también que ese estrés es una gran fuente de toxinas para nuestro organismo, así que de algún modo, con el estilo de vida que estaba llevando, estaba cada vez más “intoxicada”.

Ya no tan sólo con la alimentación compulsiva y de antojo que estaba consumiendo: deliciosos manjares y exquisitos postres, especialidades típicas de cada nueva zona que visitaba, los refinados vinos y licores que nopodía dejar de probar, el exceso de cafeína circulando en mi cuerpo, gracias a ese hábito fuertemente instalado en mi día a día, el de entrar a tomar un respiro en alguna cafetería y pedir automáticamente un café o a lo sumo un cortado… sino también ese exceso de estrés, parecía estar ayudando a ese cuadro de descontrol emocional en el que había entrado sin ni tan siquiera darme cuenta y que minaba seriamente mi salud.

Parecía llegado el momento de tomar cartas de naturaleza en el asunto, de tomar alguna decisión que me llevara a cambiar el rumbo de mi vida. Así fue como me convertí en una experta en herramientas anti-estés.

En este libro deseo compartir contigo, todo aquello que a mí mesirvió para equilibrar mi vida, en especial, los pequeños “trucos” que me ayudaron a salir de esa vorágine en la que me había metido sin ni tan siquiera darme cuenta.

Introducción de mi libro ¡Relájate! regula tu estrés y equilibra tu vida...
Editorial: HISPANO EUROPEA
Carme Llimargas

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